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viernes, 12 de marzo de 2010

"El mundo no podrá salvarse más que por hombres libres" -George Bernanos- // Guillermo de la Rosa, I C

En la actualidad existen dos problemas que dan rienda suelta al precario estado político, económico y social en que se encuentra el mundo: La ignorancia de la gran mayoría de sus habitantes y la naturaleza vil de las acciones provechosas para quienes se aprovechan de tal ignorancia, que son mejor conocidos como los manipuladores.

La ignorancia es uno de los principales lastres del espíritu humano: nubla a través de la saciedad intelectual, el conformismo ante lo superficial, e impide ver más allá de lo obvio, y en muchas ocasionas hasta adecua, sin suficiente coherencia, tal obviedad a los problemas verdaderamente trascendentales. Impide desarrollar de manera plena el intelecto y vuelve sedentaria la actividad de conocer, y tales condiciones imposibilitan a que se consiga la verdadera libertad interior, digna de cada persona: dirigir la vida de manera consciente y racional hacia un valor de vida enriquecedor.
El manipulador busca y depende en gran parte de tal ignorancia para llevar a cabo sus cometidos maquiavélicos. Nadie puede dominar a través del engaño a una persona verdaderamente libre de espíritu, porque esta reconoce la opresión en todas sus formas y matices, y precisamente por ser libre cuenta con las herramientas necesarias para derrumbar cualquier acto de manipulación en su contra. Es por eso que quien manipula, quien maneja indignamente a las personas, busca volver el pensamiento de sus víctimas en uno dedicado a la superficialidad y el rechazo hacia el pensamiento profundo, para así dejarlo indefenso ante sus artimañas.

Y en un mundo donde muchos de sus males se deben a las acciones de los hombres en sí mismos, quienes se manipulan deliberadamente entre ellos para conseguir fines completamente egoístas, sin importar a cuantas personas maltrate en el proceso, la única manera de salvaguardar el bien a través de hombres verdaderamente libres, capaces de pensar con rigor y suma atención y con la disposición de difundir e influenciar en los demás tal modo de conocimiento.

"Amarse no es mirarse el uno al otro; es mirar juntos en una misma dirección" -Saint-Expéry- // Guillermo de la Rosa, I C

Hoy en día se tiene como premisa máxima la idea de que las acciones de uno deben ser completamente libres de cualquier influencia externa o compromiso para ser verdaderamente intrépidas y valiosas. En tal forma de pensamiento se alzan dos convicciones erróneas y lamentablemente popularizadas: La primera es que la libertad es un don concedido sólo a quienes actúan exclusivamente según sus convicciones personales y egoístas, cuando, por el contrario, ser verdaderamente “libre” requiere necesariamente la intervención de por lo menos un factor indispensable: la influencia del otro en el conocimiento; La segunda es que el valor de una acción consiste en cuanta ausencia de compromiso o influencia externa tienen al momento de ser concebidas como verbo en la realidad, lo que es también a su vez otra idea equívoca debido a que el valor de una acción reside principalmente de cuanto lo enriquece a uno y, lo que es más importante, de qué forma lo hace.
Considerando ambas correcciones, se puede decir que para actuar libremente hay que tener como valor indispensable el ideal de unidad con el otro. Cuando una persona crea verdaderos vínculos intelectuales con alguien más, necesariamente crea una comunión unitaria en la que se comparte nuevos modos de ser creativos con la realidad, y como el ejercicio de la creatividad es propiamente una de las principales expresiones de la libertad, estamos encaminados a alcanzar debidamente la verdadera libertad interior, mucho mayor al mero libre albedrío con que es confundida. En el momento que tal compartir se embauca y manifiesta debido a un ideal verdaderamente valioso, seguido en conjunto por todos los participantes, se puede decir que se ejerce con propiedad tal libertad interior: somos capaces de elegir en virtud de un ideal sumamente valioso.

El manipulador, al estar consciente de la solidez y la impresionante fuerza de tal unión, necesita corromper tal estructura personal a través de un asedio interior que ablande las fundaciones de la misma. Tal ataque es propiamente conocido como la experiencia de vértigo: Un éxtasis emocional tan grande que vacía todo contenido de valor intelectual en uno, para que luego, en cuestión de momentos, se abrume y decepcione ante el enorme abismo interno que deja tal experiencia. Senda maniobra busca crear una sensación de saciedad tan grande en las personas que reemplaza la verdadera plenitud personal que otorga las experiencias de encuentro, sensación que se puede dar a través de un prescindir de la razón con artimañas como fomentar el pensamiento superficial, el rechazo hacia el buen pensador o la publicidad de actitudes hedonistas, que pueden llevar, y de manera muy efectiva, a la auto demolición de un espíritu sin un gran ideal a seguir; ideal que muy probablemente sólo puede ser descubierto a través del encuentro con otros.
Por eso es importante no guiarse ni dejarse seducir por la apariencia que pueda ofrecer otra persona de sí misma para seguirlo incondicionalmente; por el contrario: es deber buscar ser convencido por el camino que señalan sus decisiones y el valor de las ideas que expresa, es decir, hacia que gran ideal apuntan sus acciones. Después de todo, el verdadero amor sólo se consigue a través de la realización de todas las posibilidades creativas que le puede aportar una persona con la misma orientación personal de uno; cuando la mirada común apunta hacia algo que se sabe que es muy valioso.

miércoles, 2 de diciembre de 2009

"Porque la estirpes condenadas a cien años de soledad no tendrán segunda oportunidad en esta tierra."

El mundo de la literatura está repleto de frases que pasan a ser hitos culturales, y esta no es excepción, siendo todo un broche de oro con el cual Gabriel García Márquez cierra una de las grandiosas novelas del siglo pasado: Cien años de soledad.

Para entender su vínculo y el aporte que le da a nuestra materia, es necesario colocarnos en el contexto de la obra: La historia nos presenta a la familia Buendía, desendencia icónica del fantástico pueblo de Macondo. A medida que la obra avanza, somos testigos cercanos de la naturaleza de la familia, que los predispone y condena a vivir incomunicados y con dificultad para relacionarse, y observamos como el pueblo sufre los estragos de tal incomunicación. Lo majestuoso de este relato reside en que García Márquez logra eficientemente hacer de Macondo y los Buendía una clara metáfora de Latino América y su historia, para demostrarle al lector, entre los muchos mensajes que deja el libro, que como continente poco a poco hemos ido acostumbrándonos a vivir a la deriva de un mundo que no sólo avanza sin nosotros, sino que se aprovecha de todo lo autóctono de nuestra cultura. De esta manera, el autor marca en nuestra mente una impactante precaución, y se convierte en luchador de la ignorancia. Es por esto, y con todo derecho, que se puede afirmar que con esta obra García Márquez alcanza la tarea norte de todo comunicador: buscar la verdad.

Y es que la incomunicación, y la negación por falta de luces de la misma, es uno de los factores determinantes para que una persona, o incluso una civilización, se aisle de la verdad, y por ende, del mundo. Una de las funciones del comunicador es precisamente acercar al público a la verdad, con tal de brindarle la conciencia necesaria de la realidad que lo rodea y de la cual probablemente no tenga noción, así sea una terrible soledad a la cual se está predisponiendo. Pero recordemos que, después de todo, cualquier ser condenado a la soledad es inevitablemente dejado en el olvido.